• A. de Rojas

LA FICCIÓN COMO FE

O simplemente la fe


Imaginar es crear, y crear nos hace humanos. El acto creativo nace y se desarrolla en primera instancia en la imaginación de sus artífices, personas como usted y como yo, pero que a diferencia de nosotros y en sublimes ocasiones, tejen con solemne disciplina tapices capaces de custodiar ideas que rebasan por mucho cualquier abstracción onírica que podamos concebir el común de los mortales. Pero imaginar también es la chispa que enciende los motores del progreso, esa potente locomotora que de forma incesante (queremos creer) atraviesa el tiempo y toda suerte de barreras que se interpongan en su camino hacia un horizonte prometedor. Un glorioso futuro.


Sí, efectivamente, se trata de un exceso de optimismo, llámese un ejercicio creativo como tal. Porque seamos serios, ambos sabemos tácitamente, que la imaginación humana tiende a servir a amos muy heterogéneos, que además suelen ser muy celosos en sus intereses, anhelos y objetivos. Imaginar es crear, sí, pero el fruto de esa creación no siempre nos estalla en la cara con radiantes fuegos de artificio ni fanfarrias celestiales, al contrario, no son pocas las ocasiones en las que el estallido viene acompañado de los fuegos del infierno y el Tontentanz de Liszt. Pero ¿A dónde quiero llegar con toda esta perorata? Pues bien, no hace muchas semanas me vi arrastrado hacia cavilaciones de esta índole debido a la lectura en la que me encontraba inmerso. Acababa de terminar el Confesiones de una Máscara de Yukio Mishima y su tono abatido y desalentador hizo que tras él, me inclinase hacia una lectura ligera y sin pretensiones, algo que permitiese a mi psique aislarse de reflexiones propias de una lectura como esa.


Siempre me ha gustado la literatura pulp, sus desenfadados relatos supusieron un torrente de creatividad durante la primera mitad del siglo XX, autores azuzados por sus necesidades económicas que vomitaban historias sensacionalistas de toda índole para deleite de las hambrientas mentes que lograban, mediante aquellas páginas, viajar a galaxias lejanas, a tiempos de remota fantasía, atrapar gánsteres en oscuras y sórdidas calles o cabalgar por soleadas praderas disparando a pieles rojas. Un tipo de literatura de consumo rápido, casi de usar y tirar, cuyo nombre procede de la pulpa que se usaba para fabricar el papel de baja calidad en el que iba impresa, calidad que normalmente también permeaba su contenido (entiéndase la generalización), pero que ha supuesto un sano entretenimiento de masas, a las cuales ha provisto de varios iconos de la cultura popular como Tarzán, El Zorro, Flash Gordon o Conan el bárbaro.


El pulp, fue el refugio de muchos autores que comenzaban su carrera y necesitaban "venderse" para ir adentrándose en eso de ganar dinero por escribir. Algunas de las grandes leyendas de la literatura universal echaron a andar arropados entre las baratas páginas de aquellas publicaciones seriales; Jack London, Joseph Conrad, William S. Burroughs, Tennessee Williams, Conan Doyle, Bukowksi, Asimov, Arthur C. Clarke, Philip K. Dick, Ray Bradbury, Sabatini... Todos pasaron por el pulp antes de regalar al mundo sus obras más famosas y algunos mantuvieron su relación con el medio hasta el final. Sin embargo cuando hablamos de autores cuya relación con el pulp definió su obra y a su vez, su obra al pulp; no podemos dejar de mencionar a verdaderos colosos de la imaginación como H. P. Lovecraft, Robert E. Howard o Edgar Rice Burroughs.


Y fue una novela de este último la que llegó a mis manos, y me hizo pensar que funcionaría a las mil maravillas como terapia de depuración para la melancólica impronta que Mishima había dejado en mi cerebro.


En el Corazón de la Tierra nos cuenta la historia del joven millonario David Innes, dueño de una próspera explotación minera y su no tan joven amigo Abner Perry, inventor con una idea tan fascinante que David se decide a financiar su proyecto, el cual consiste en construir un gigantesco vehículo perforador (o "topo de hierro") cuya colosal broca se abrirá camino por el interior de la tierra hasta llegar a yacimientos antes imposibles de alcanzar. Y con esas pretensiones David y Abner se disponen secretamente a hacer el primer viaje en aquel prodigio mecánico, viaje que será muy accidentado ya que perderán el control del vehículo, el cual continuará perforando hacia las profundidades sin posibilidad de ser detenido. Finalmente y de extraña manera parece que logran volver a la superficie, sin embargo pronto descubrirán que han emergido en un lugar desconocido por la humanidad, una tierra virgen, llena de criaturas prehistóricas y seres mitológicos que han evolucionado paralelamente al mundo de la superficie, porque sí, nuestro planeta azul es hueco, y ellos son los primeros hombres en adentrarse en el fascinante y salvaje mundo de Pellucidar.


En Pellucidar nuestros protagonistas vivirán decenas de aventuras, conocerán a las razas de seres humanos que habitan aquel submundo, a sus reyes y guerreros. Descubrirán a los Mahar, una raza de reptiles similares a poderosos pterodáctilos que han evolucionado prodigiosamente hasta desarrollar una cultura dominante, ser capaces de comunicarse telepáticamente, y que mantienen esclavizados a los homo sapiens de Pellucidar. Si queréis saber más sobre las andanzas de David y sus intentos para liberar a esa raza humana paralela, no perdáis la oportunidad de leer esta novela que supuso un éxito rotundo para Burroughs y que dio lugar a seis secuelas.


Fue durante la lectura de este fabuloso ejercicio de imaginación cuando me asaltaron inquietudes relacionadas con la fina línea que a veces separa la ficción de la realidad. A lo largo del relato, Borroughs va describiendo su creación detalladamente y nos cuenta como nuestro planeta es una suerte de cáscara de huevo con las criaturas de Pellucidar habitando su capa interior, donde el horizonte se expande indefinidamente hacia el cielo como un tsunami global que se abalanza sobre si mismo, y como en el centro de esta inmensa entelequia, flota un pequeño sol interior que ilumina sin descanso un mundo sin noches.


Es comprensible que ante tal despliegue creativo uno se quede ensimismado y elucubre sobre la posibilidad de que una realidad como esa fuese posible. El ser humano posee una fuerza motriz innata que le ha impulsado siempre a explorar el mundo a su alrededor, al descubrimiento de lugares improbables, parajes ignotos ocultos a la vista y la memoria de los pueblos. A lo largo de las eras ese impulso nos ha llevado a cartografiar cada rincón de nuestro planeta, y tras terminar semejante proeza, miramos a las estrellas con el fin de seguir saciando ese deseo inagotable. Es por ello que la idea de un atlas inexplorado justo debajo de nuestros pies resulta tan atractiva. Sin embargo la misma razón humana, que posibilitó la proeza antes mencionada es la que tras el ensimismamiento inicial, nos hace volver al redil de la lógica científica, y aleja tales teorías de la realidad, aunque nunca de nuestros sueños.


Pero no todo el mundo realiza ese viaje de vuelta.


Al leer algunas de las descripciones de Pellucidar que Burroughs nos brinda para suspender nuestra incredulidad y sumergirnos en su fantasía, una idea se me iba abriendo paso poco a poco. "Esto me suena, donde he leído yo antes sobre un mundo interior con un sol suspendido en el centro" ¿Quizás en algún tratado pseudocientífico de épocas pretéritas? ¿Tal vez en obras de fantasía precedentes como las de Julio Verne, Edgard Allan Poe o Vladímir Óbruchev? Pues sí, pero lo que resulta verdaderamente fascinante es que además de todo eso, la idea de una tierra hueca con un mini sol flotante en el centro, que no solo estaría habitada si no que además sería accesible desde dos gigantescas grutas en ambos polos, forma parte de las creencias de multitud de personas que se reúnen en torno a foros de teorías de la conspiración, lamentándose de la ocultación que hacen los gobiernos del mundo de estas "realidades fehacientes".



Grabado 1665 de la obra Mundus Subterraneus de Athanasius Kitchner sacerdote erudito que planteó por primera vez la posibilidad de que nuestro planeta estuviese hueco


No nos vamos a rebajar aquí a discutir la posibilidad de que estás delirantes y físicamente imposibles afirmaciones sean ciertas, el propósito del artículo no es ese, sino maravillarnos ante la idea, ante el hecho de que en esta nuestra realidad, existan creencias que rivalicen con los mundos de fantasía creados por esos magos de la imaginación. Las teorías de la conspiración se han caracterizado a lo largo de su historia por la imposibilidad de ser falsables, y por lo tanto por no cumplir un fundamento esencial del método científico, si no podemos determinar una conclusión según la cual una hipótesis es cierta o falsa, no podemos aceptar esa teoría como científica por lo que nos adentraríamos en el ámbito de la metafísica. Sin embargo, teorías como la de la tierra hueca se alejarían de ese marco tradicional de las teorías de la conspiración, ya que en este caso sí es totalmente falsable a través de la observación y experimentación con los datos de los que disponemos (desde hace siglos). En el caso de la teoría de la tierra hueca y otros como la más famosa teoría de la tierra plana, el sesgo de confirmación se acentúa de tal manera que rebasa la creencia para adentrarse en el ámbito de la fe.



Cuando un individuo alcanza el punto en el que mantiene su creencia en una idea ya falsada por las pruebas científicas que se despliegan ante sus ojos, siendo estas fruto de años de sacrificios y experimentación; de ensayo y error, se abre un abanico de posibilidades descomunal, pues queda abierta la veda a cualquier hipótesis sin sustento, y entonces amigos, hic sunt dracones. El fascinante acto de aislamiento intelectual toma forma, y se produce ante nuestros ojos un anacronismo de tal magnitud, que no podemos más que observar anonadados el fenómeno como cuando miramos un animal exótico en un zoológico, con curiosidad y respeto. Ahí, delante nuestra, tenemos un individuo que concibe la realidad como un ciudadano de la antigua Grecia o un campesino de la España medieval, a base de cosmogonías, mitos y supersticiones. Un ser humano que ha optado por saltar al precipicio de la irrealidad, allí donde la creatividad de autores como Burroughs se hace "empírica", que contradicción más asombrosa.


Siendo totalmente sincero, he de decir que siento cierta envidia, mi amor por la fantasía me hace envidiar ese precioso "talento" de obviar lo material, y así quizás poder sumergirme sin ataduras en un universo en el que mis anheladas fantasías fuesen tangibles, tal vez uno en el que dragones volasen por el cielo en un pasado remoto (como ya imaginase Peter Dickinson), tortugas llevasen el peso de nuestro mundo sobre su caparazón, o en el que los reinos de la Tierra Media se hubiesen extendido por la geografía de lo que hoy es Europa. Y es que si es posible con Burroughs ¿Por qué no con Pratchett o Tolkien? Sería como volver a ser niño, cuando que los reyes magos dejaran regalos cada navidad, o que en Disney Land viviesen los personajes de las películas animadas era tan real como el sol de cada mañana.



Pero aun paladeando una nostalgia como esa, no debemos dejarnos cegar por esta alucinante aptitud más allá de lo interesante que resulte, no hay que olvidar que la ciencia ha sido y es el mayor velador de nuestras inquietudes como especie, la verdadera locomotora hacia el progreso que a pesar de los baches que nosotros mismos nos hemos impuesto haciendo uso de ella como el instrumento que es, siempre ilumina el camino hacia la verdad, es el faro de Alejandría, es el fuego de Prometeo, la herramienta tan puramente humana como la espiritualidad, pero que a diferencia de esta no depende de la fe para aportar respuestas. La ciencia, sacó a la humanidad de la edad oscura, una edad de esclavitud intelectual frente a dogmas y credos, el hecho de que existan grupos que se reúnen en torno a ideas factualmente obsoletas debe de entenderse como un acto reaccionario, un intento de retrotraer a los seres humanos a épocas de tenebrosa oscuridad, y que responde por ello a intereses siniestros.

Quede por tanto la ficción como ficción y la fe como fe, y si la línea entre las dos se difumina hasta tal punto que no sea visible, sea la ciencia la que alumbre una vez más sus contornos y nos mantenga alerta.


Pues no en vano la fe mueve montañas, aunque a veces estén huecas, como alguna que otra cabeza




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